la Paz de los Vivos

—«I’d rather die today than live another day in this death» [Preferiría morir hoy que vivir un día más en esta muerte] —declara a viva voz la hija del finado rey Magnus, delante de su pueblo, una vez que por la gracia del amor hubo resucitado de entre los muertos—.
De tal cariz fue su arenga, palmaria invitación a enfrentar a las oscuras fuerzas que imponían su yugo insoportable sobre la comarca antaño exuberante de vida, en esa recreación de aire medieval que hizo el cineasta Rupert Sanders de uno de los cuentos de los hermanos Grimm. La misma esencia embebieron, en su tiempo, los discursos libertarios de seres tan disímiles como Manuel Quintín Lame, Juan Santos Atahualpa, Simón Bolívar, o el visionario Mohandas Karamchand Gandhi. Porque para ellos fue evidente la distancia que media entre la pacífica sumisión colectiva, que no es más que una resignada agonía, y el auténtico respeto mutuo en que se sustenta toda armoniosa convivencia.
Así que la paz es bienvenida, sin duda, pero sólo a condición de que sea auténtica, y no la conformista calma que ofrece quien se sabe derrotado.
En tanto hijo de Colombia, de esta ficción político-administrativa que se edificó a partir de la estrategia de negar las voces ajenas a la cosmovisión eurocentrista, heredero de una turbulenta tradición de desencuentros sociales cuyas raíces deben indagarse en la hondura de los siglos, y cuyo abisal trenzado indefectiblemente me hermana con el resto de los vástagos latinoamericanos, no puedo más que constatar el continuo juego de espejismos que colectiva y contradictoriamente consentimos nosotros, los colombianos.
Henos aquí, sin otro rumbo que el de perpetuar la agresión contra la propia vulnerabilidad, sin otro horizonte que el de negar nuestro singular y complejo origen, sin más agenda que la de asistir al saqueo disfrazado de libre comercio, a la sempiterna quita de riquezas del subsuelo, al envenenamiento de bosques y ríos, pues la Colombia que me vio nacer elocuentemente ha enseñado a nuestros ojos la desgarrada sustancia en que está urdido el corazón del hombre.
En este tenor, y por cuenta del espejismo de la paz, que es otra manera de denominar al abuso, mi país supo organizar unas fuerzas armadas robustas que al presente cuentan con casi un millón de efectivos (el más numeroso ejército de América Latina). Sus miembros son temibles: avezados en la lucha contrainsurgente, además de diestros en la represión de los civiles. Empero, después de medio siglo de contiendas, han sido incapaces de doblegar a las guerrillas campesinas. A fuer de juzgar las empresas militares por sus resultados —según el criterio de los más respetados teóricos de la ciencia castrense—, me pregunto si el caso colombiano bien podría calificarse como vergonzoso, o por lo menos como un rotundo fracaso. No exagero. Nuestras fuerzas militares son las únicas, en el contexto de Occidente, que han sido incapaces de lograr resultados aceptables, a pesar de su creciente presupuesto, del aumento de su cuerpo, y del apoyo institucional. ¿Qué se esconde detrás de esta patética inefectividad? ¿Por qué nunca se ha llevado a cabo un serio y contundente debate en este sentido? Quizá haya que colegir, siguiendo al ya clásico Carl von Clausewitz, que el problema de la guerra es que tiende a servirse a sí misma, y no a la política, como su supone debería ser.
¿Acaso no es ésta otra manifestación más de la desgarrada sustancia en que fue urdido el corazón humano?
Alucinación de los cinco sentidos, gobierno del miedo y del egoísmo. Ninguna persona sensata podrá negar que, al igual que en la recreación cinematográfica de Rupert Sanders, las fuerzas oscuras de la muerte y los negocios militares han impuesto sus propósitos a la comarca colombiana, fieles no sólo a la Ravenna norteamericana sino también a nuestros titubeos, a esta vacilación por tomar con mano firme las riendas del propio destino.
Recientemente dijo el escritor Antonio Caballero que el nuestro «es el único país del mundo que acepta la orden norteamericana de bombardear con defoliantes su propio territorio y a sus propias gentes».
¡Pavorosa vergüenza!
¿Cipayos, secuaces a sueldo? Nuestros gobernantes lo han sido, sin excepción. Peor aún: también han obrado como reflejo de nuestra baja autoestima, y de esta provinciana resistencia al cambio.
La pregunta por la pertinencia de seguir tolerando unas fuerzas armadas corruptas y entregadas a oscuros intereses será ingenua si sólo atendemos las razones materiales de nuestros hondos e históricos desencuentros. Por caso, hay que ir más allá del entendimiento del narcotráfico como solapada política del estado cipayo —las decimonónicas guerras del opio de las que Inglaterra se sirvió para someter a la China están siendo repetidas contra Colombia, a otra escala—. Incluso hay que otear más allá de la quimera que ofrecen estados vasallos como Costa Rica o Puerto Rico, aparentes ejemplos de civilidad y de loable contrato social cuyos esquemas se sostienen gracias a la presencia (a corta distancia) del United States Southern Command, y que, valga recordarlo, ya no esconden su ciega devoción por el American way of life, esta novísima forma de depredación y consumo que se está engullendo al planeta como si se tratara de un infeccioso virus que carcome el cuerpo que le sostiene, y sin el cual no habrá de sobrevivir.
Y aunque parezca descabellado, para el caso colombiano, considero que la cuestión de las fuerzas armadas oficiales rebasa la urgente perspectiva de un posible acuerdo de paz con la guerrilla de las Farc, su opuesto semejante, quienes proceden al unísono como una dupla Gemini de mutable espíritu, pareja que al estar regida por Mercurio no puede más que entonar las argucias propias de los falaces mercaderes de la ruina.
Nada nuevo añadiré a la discusión si afirmo, siguiendo al historiador Giovanni Arrighi, que la gestión del estado y de la guerra van unidas, adentro o afuera de la cosmovisión capitalista, juicio este que respalda el atento seguimiento de la memoria humana. En cambio sí puedo aportar algo positivo si convoco tu cordura, querido lector, y a la vez te pido que sientas tus vísceras, tus adentros palpables, aunque sé que nada hay más difícil que la profunda sinceridad, pues el desconcierto de los siglos que llamamos tiempo ha hecho mella, y te has quedado dormido. Tomaste el camino del miedo, de la desconfianza respecto de ti, y entonces quedaste atrapado en la telaraña de la historia.
Y han sido siglos, muchos a mi parecer. A medida que tu extravío empezó a fundirse con el camino principal, en devenir lento de horas y días y centurias y edades, la espléndida espiral de tus ojos dio paso al cerrado túnel en que tu vista aprendió a encauzarse, típicamente cuando delante de sí enfrenta cifras o textos, nimios halos en que ahora figuras tu dudosa realidad. Cuenta tu historia que dentro de esta senda ya nada refulge, que en ella sólo rutilan deslucidos fondos, que cambiaste bosque por plaza adoquinada, montaña nevada por lúgubre gris de muros atildados, y que tus pies dejaron de calzar la suave grama de tus pares venados.
Se te siente sedado (ya todo lo sabes), cómodo entre los contornos que estrechan tu horizonte, a veces habituado a la tóxica neurosis que llamas sufrimiento, a la que imputas inefables causas externas que también señalas de amargar tu existencia, al tiempo que das en ignorar todo de ti; y otras veces se te siente cautivado por la impostada ilusión que ofrece la apariencia de tu recto (o no tan recto) camino, escenario de hedonismos y asombrosos logros que quizá no lo son en realidad, mezquinos apegos al desapego de tu propia vastedad. Cuenta tu última memoria que tus ojos aprendieron a centrar la atención en el trémulo ensueño, que cesaste de escuchar las consonancias musicales dimanadas desde las esferas, formidable intuición Kepleriana consignada en el Harmonices mundi, y que el Sol, discordantemente emplazado respecto de Saturno, ascendió sobre Escorpio -mudanza vedada del propio inconsciente-, apresándote así en un violento y convulso intercambio entre razón y emotividad, en la dudosa tarde de equinoccio en que preferiste abrazar el ocaso, ocultando a Ophiuchus, casi negándolo, fuera del alcance de tus últimos astrónomos.
Ya no ves ni oyes. El aire que inhalas apenas te sostiene. Te asumes mortal ni bien tus huesos han trajinado la primera centuria. Y tu palabra, postración murmurada, hace tiempos olvidó musitar su generoso cántico. Por todo esto muy cierto es que hoy sólo al ahogado discurso de la diosa razón concedes primacía. A través de estas líneas he venido aquí a recordarte ⎯porque sé que ya lo sabes⎯ que la sombra que trasiegas sólo retarda el abrazo a tus más caros anhelos. Ya sea que te hayas asumido obrero o campesino, hormiga industriosa o agente de guerra, blanco, negro o amarillo, o acaso rojo habitante de la nueva América, ya seas ella o él, alborozo de manos libres o rencor de infaustos grilletes, religioso ferviente o descreído ateo ⎯no importan aquí las recursivas formas de tu largo aprendizaje⎯, mi voz desea recordarte que dentro de tu mundano extravío aún es posible vislumbrar y presentir la senda en que antes respirabas.
Por eso estoy aquí, una vez más, presta mi atención al original llamado. Los siglos que anteceden mi palabra han sido muchas cosas, así hoy sólo parezcan, por cuenta de la gruesa cortina de años, una densa y singular tiniebla. Habré de pedirte que no permitas que la mentira del escepticismo se enseñoree sobre tu inmortal rostro, cual ominoso cuervo de lóbregas y renegridas alas, pues hubo un tiempo en que vuestras palabras tuvieron olor, sabor, color e imagen; un tiempo en que fuiste capaz de escuchar la sutil melodía que entonaban las aguas y los árboles, en que saludaste a tus abuelos y los invitaste a cenar, sin importar que habitasen más allá del umbral de los vivos; un tiempo, no tan distante, en que saltaste hondos y dilatados precipicios en brinco vigoroso de pies ligeros, y en que tejiste cada hebra de tu lienzo con la faz dispuesta hacia la intensa claridad del áureo astro.
Hubo un tiempo en que supiste respetarte a ti mismo.
Y es que cuando el respeto es genuino veda a la sombra que acecha mi canto, y me hace tratar al otro como un par, en la conciencia de que el diálogo se glosa sólo desde la diferencia. Todo lo demás también habita en los adentros. No hay otra verdad.
Por ahora me despido, sin olvidar que la paz de las naciones también resuena con el ruido del orbe, serpentina treta de nuestro personal aplazamiento, paz ilusoria que no es de gente despierta, asumido lo cual entonces recordarás, junto a mí, que la esclavitud que elegiste puede cesar, pues habrá de bastar con que hagamos nuestro el clamor que profirió la hija de Magnus, después de resucitar de su veneno, allí cuando dijo de viva e intensa voz que preferiría morir hoy que vivir un día más en esta muerte.
Queda mucho trabajo por hacer.

Anastasio